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"Algunas familias tienen dudas de que hayan sido enterrados sus seres queridos al no presenciar la inhumación"

Una mañana desangelada y triste en el Tanatorio-Crematorio de Torrero en Zaragoza. Un ataúd sin compañía porque están prohibidos los velatorios y los entierros de fallecidos infectados de coronavirus. Unos trabajadores municipales y de la funera...




Una mañana desangelada y triste en el Tanatorio-Crematorio de Torrero en Zaragoza. Un ataúd sin compañía porque están prohibidos los velatorios y los entierros de fallecidos infectados de coronavirus. Unos trabajadores municipales y de la funeraria ocupando el puesto de los familiares en el último adiós.

Maru Madurga desinfecta con hipoclorito sódico el ataúd sellado y ayuda a colocarlo en la plataforma. En unos minutos los trabajadores han sellado la tumba con yeso. “Desde que fue aislado por el contagio en el hospital, ha sufrido, agonizado y muerto solo y ahora también se le entierra solo”, explica.

“Algunas familias tienen dudas de que hayan sido enterrados sus seres queridos al no presenciar la inhumación”, comenta Oscar Herrero, que junto a su padre Jesús, forman el trío del primer turno de la mañana. “Es duro no poder acompañar a tu ser querido en su último aliento y no darle un beso como despedida”, dice Maru.

El crematorio está listo para introducir a las siete de la mañana los cuatro primeros féretros, todos fallecidos con coronavirus. Eliseo Andrés, con diez años de experiencia como incinerador, saca el primer ataúd de una nevera y lo coloca en el primer horno. Va protegido por un traje de buzo, calzas para los pies, gafas, mascarillas y guantes.

“Somos muy conscientes de su potencial infección y extremamos las precauciones”, explica. “Nos hemos organizado en tres turnos autónomos que no se relacionan entre ellos con el fin de evitar una infección en cadena que paralice el servicio”, continua. En su casa sus hijos le recuerdan: “Papá, protégete”. Se ducha y deja toda la ropa en el trabajo. Cuando está sucia la lleva en una bolsa cerrada a cas y él mismo la introduce en la lavadora para que no la toque otra persona.

Carlos Lobera es el director de la concesionaria que gestiona el tanatorio municipal, el más importante de la capital aragonesa. Tiene 17 trabajadores a sus órdenes repartidos en las 24 horas diarias de actividad del centro mortuorio. “Hemos extremado las medidas de seguridad y hemos mandado a casa al personal que puede hacer teletrabajo”, explica en su despacho acompañado del Alfredo Labella, uno de los responsables de las brigadas municipales.

Una incineración dura una media de dos horas. Después hay que dejar enfriar el horno durante otra hora más. Entre 7 de la mañana y 19 horas se pueden incinerar veinte cuerpos diarios. “Pero ya hemos preparado un turno extra y estamos dispuestos a hacer uno o dos más si es necesario”, cuenta el director.

Los velatorios se han reducido de una media de 13 diarios a apenas dos. “Es lógico. Los fallecidos por coronavirus no se pueden velar, tampoco se puede hacer misa y, además, las funerarias pueden guardar las cenizas hasta que pase la cuarentena. En los casos ordinarios sólo pueden asistir 10 personas”, explica el responsable de las brigadas.

Zaragoza tiene una media de 21 fallecidos diarios con un total de 7.719 en 2019. “Nosotros hicimos 4.220 velatorios y 3.263 incineraciones durante el año pasado”, cuenta Carlos Llobera. ¿Ha habido incremento de fallecimientos en este mes? “Llevamos 307 incineraciones con los 26 de hoy, incluidos los cuatro con coronavirus, dos más que el año pasado durante todo el mes. Seguro que tendremos que hacer otro centenar antes del 31 de marzo”, dice.

Asegura que el tanatorio está preparado para enfrentarse a un pico alto de fallecimientos. “En enero de 2017, Zaragoza sufrió una letalidad extraordinaria superando el millar de fallecidos en el mes cuando la media del año anterior y posterior fue de pocos más de 700”, recuerda el responsable.

Todos los días son desinfectadas las instalaciones con un protocolo de limpieza interno muy estricto. Hay barreras de protección para los trabajadores, mascarillas, hidrogel y grandes garrafas de lejía para preparar el desinfectante principal que rocían sobre los féretros. Un equipo de la Unidad Militar de Emergencia desinfectó toda el área durante la semana pasada.

Las tareas de mantenimiento se han suspendido. “Tampoco hacemos exhumaciones e inhumaciones para reunificar familiares que se encuentran en diferentes nichos o en tierra salvo cuando se trata de un entierro de un fallecido actual”, explica Alfredo Labella.

Las exhumaciones obligatorias se hacen sin presencia de familiares aunque los fallecidos no fueran portadores del virus. “Los vivos pueden contagiar más que los muertos”, comenta el funcionario municipal.

Las órdenes de incineración o de enterramiento, la apertura de nichos, las relaciones con las funerarias, todo lo que se llama la mesa de enterramiento, son dictadas electrónicamente por las funcionarias confinadas en sus casas.

El número de casos de fallecimiento por neumonía se han disparado en los últimos días. Es posible que algunas de las personas hayan muerto con coronavirus sin saberlo porque nadie les ha hecho las pruebas. Tanto en las funerarias como en el tanatorio se aplican los protocolos restrictivos para infectados a la más mínima sospecha.

Un par de policías locales custodian el tanatorio pendientes de que se cumpla la Ley Orgánica sobre Protección de la Seguridad Ciudadana en su artículo 36.6 y sólo han sancionado a una persona en toda la última semana. “Un hombre de 76 años se vino desde la otra parte de la ciudad a visitar la tumba de un familiar y asumió la multa sin rechistar”, comenta uno de los agentes. La semana pasada se presentaron 14 personas a un velatorio. La policía hizo la vista gorda, pero les pidió que solo estuvieran diez personas en el interior del recinto religioso durante la misa.

Tampoco hay muchas misas de funeral ordinario. La primera de la mañana es por Gloria, una mujer de 95 años. Está acompañada por diez familiares separados por metros de distancia. El cura habla del “afán de proteger de una madre que siempre quiere cuidarnos aunque pensemos que nos está fastidiando”. “Duele la muerte porque siempre estuvo con nosotros y no hemos podido retener su marcha. Pero siempre estará en nuestro corazón”, reflexiona.

Rosana, su cuidadora interna de origen nicaragüense, está muy afectada: “Era como una madre para mí y una abuela para mis tres hijas”, cuenta emocionada. ¿Es duro enterrar a un familiar con tantas restricciones? “Creo que ella estaría contenta porque la han despedido sus hijos, sus nietas y Rosana”, dice Irene, una de las nueras.

La anciana murió en su casa y los familiares han cumplido escrupulosamente las restricciones sanitarias durante toda la ceremonia. “No nos podemos abrazar y eso es muy duro por culpa de este virus del miedo”, explica Luis Miguel. Unos claveles rojos son repartidos y colocados encima del ataúd antes de ser introducido en el nicho.

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